Lo Bueno por Conocer

El refrán “más vale malo conocido que bueno por conocer” refleja la sociedad en que vivimos. Muestra el miedo a lo desconocido, al riesgo. Muchos de nosotros sabemos que nuestra vida no es perfecta, ni siquiera como nos la imaginábamos o soñábamos, pero no hacemos nada por cambiarla, pensando quizá que tenemos mucho que perder si nos jugamos lo que hemos conseguido hasta ahora.

Si imaginamos nuestra existencia como la película de nuestra vida, entenderemos que por fuerza somos protagonistas y directores; diseñamos el escenario y sobre todo, dirigimos el casting, de manera que todos los actores sean importantes o secundarios son elegidos por nosotras/os. Existen muchas personas que entienden así la vida, y comprenden que son responsables de su propia felicidad. Pero por desgracia ese grupo de gente pertenece a la minoría de rebeldes que se atreven a arriesgarse. El resto, la mayoría, sigue la misma decadente coreografía que se hereda de generación en generación sin ser revisada.  Por supuesto que para algunos esta sea una danza equilibrada que se adecua a sus necesidades y voluntad, pero para otros, esta tradición los convierte en marionetas impotentes que aunque saben que podrían escapar y salir corriendo, terminan apagándose como la llama de una cerilla.

Calidad Versus Seguridad

La tradición nos brinda seguridad. Si hacemos lo que todo el mundo hace, nadie nos mirara, no llamaremos la atención, y esto nos tranquiliza.  Pero muchas veces tradición es sinónimo de irracionalidad, de falta de reflexión, de ignorancia. Esa ignorancia choca de lleno con la calidad de vida que por naturaleza, nos pertenece. Y digo por naturaleza, porque muchas veces es nuestro cuerpo el que nos dicta lo que de verdad necesitamos, pero rara vez lo escuchamos y complacemos.

El altruismo es un concepto hermoso y necesario para la supervivencia pero es un error cuando es obligado, cuando somos forzados a ser altruistas y eso conlleva sacrificarnos por otros. El altruismo debería ser algo espontaneo, que nace de nosotros por voluntad propia , y no algo que la sociedad espera de nosotros a determinadas edades. Por eso, la gran clave de una buena calidad de vida es ejercer el derecho que tenemos de cuestionar pautas heredadas o copiadas, y darnos el permiso para explorar las necesidades de nuestro cuerpo, alma y espíritu.

Aceptar los Cambios

Siguiendo con refranes, “nunca te acostarás sin saber una cosa más”.  Esto es una verdad indiscutible, y conlleva, que el ser humano aprende cada día algo nuevo. Si esto es cierto, es muy lógico pensar que  las personas cambiamos un poco cada día que pasa, y que en el transcurso de una década una persona puede resultar irreconocible para un viejo amigo. ¿Pero qué ocurre cuando descubrimos que alguien ha cambiado? Ocurre algo muy curioso, fruto de los horrores de la tradición: si la persona ha cambiado a mejor, nos resistimos a creerla. Pensamos que “finge” haber cambiado, pues la sociedad nos educa para pensar que las cosas solo tienen una forma de ser, y quien nace de alguna manera es muy probable que permanezca así siempre; en general, nos mostramos incrédulos ante el supuesto cambio de lo que ya conocemos bien. Es como si aceptar el cambio ajeno, nos cuestionara a nosotros porque seguimos siendo de una manera y no de otra. Definitivamente, aceptar un cambio a mejor, implica aceptar que “lo bueno por conocer” es algo que existe, y por lo que quizá valga la pena luchar.

Por otro lado, quizá nos parezca que esa persona ha cambiado a peor. En ese caso, no dudamos en creerlo. Cuando el cambio es sinónimo de fracaso, entonces alzamos la voz en su contra, y aseguramos que “efectivamente, mi amigo ya no es el que era”, insinuando que ha perdido todo su valor, que nos ha decepcionado y que ya no vale la pena.

Conclusión: en esta sociedad es difícil cambiar a mejor, ya que a tal cambio se le resta crédito e incluso se le amenaza.

Si tomásemos conciencia de que la vida es un constante cambio, y de que la que vale la pena vivir implica correr algunos riesgos, nos cuestionaríamos nuestra propia rutina y nos permitiríamos progresar, comprobando entonces que no estamos solos, y que hay muchos que llevan caminando mucho tiempo dirigiendo su propia película.

Miedo a la Mayoría y a Nosotros Mismos

Saltarse el guión o escribir uno nuevo no solo nos hace temer a no ser aceptados por la mayoría sino también por nosotros mismos.  Lo que somos, esta causado por toda esa sucesión de eventos, de información, de educación. Si de pronto nos “quitamos la ropa” de lo que otros nos inculcaron y que aprendimos a defender, entonces nos sentimos desnudos, desprotegidos, y tememos enfrentarnos con nosotros mismos, nuestros complejos e inseguridades y lo peor de todo, tener que buscar soluciones y alternativas.

Estos guiones, pueden ser inocentes y estereotipados como casarse y tener hijos, pero también pueden ser retorcidos y ocultos, inculcados subliminalmente, como el pesimismo, la frustración y malas vibraciones que nos harían fracasar en todo lo que intentamos.

Si entendemos que nuestra felicidad solo depende de nosotros, veremos que es nuestra tarea poner en tela de juicio los argumentos ajenos que seguimos y si es necesario, descartarlos. Debemos superar los condicionamientos que arrastramos desde la infancia y así actuar en un proyecto de vida único y propio que sea coherente con nuestro ser, aquí y ahora.

Una vez conseguido trazar nuestro rumbo, nos quedara otro desafío: propagar esta idea y ayudar a otros a “dar a luz” su propio sendero. Sea como padres, profesores, jefes o amigos; ayudemos a que cada persona tenga el coraje necesario para ser verdaderamente feliz.

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